`“J.D.P.”: Rumbo a casa con la maleta’, Omar García-Obregón, 4 de octubre de 2008


“J.D.P.”: Rumbo a casa con la maleta
(Omar García-Obregón)

El 4 de octubre de 2008 a las 11 de la mañana fijé en el centro de Londres un encuentro con John D. Perivolaris (J.D.P.), nieto del difunto capitán de la marina mercante de Grecia con quien comparte su nombre y día de nacimiento, y actual dueño de la maleta que permanecerá conmigo por espacio de un mes, más o menos, y que lleva el monograma de su abuelo: J.D.P. Este encuentro se extendió por un recuento en el tiempo, pues hacía años que no veía a John. La charla fue seguida de una visita a The Photographer’s Gallery para ver la exposición fotográfica titulada `Cast’, del artista británico Dryden Goodwin. El encuentro con la fotografía acompañado de un fotógrafo profesional, como lo es John, siempre hace ver los detalles de elaboración que el ojo inepto da por sentado. Fue un privilegio. El viaje por el centro de Londres comenzaba también en compañía de una maleta. Seguimos hacia un intento infructuoso por conseguir en inglés la poesía del excelente poeta afgano Partaw Naderi, a quien había tenido la oportunidad de conocer gracias a la poeta y traductora londinense Sarah Maguire y al Poetry Translation Centre de SOAS. Hoy no pensaba en Partaw Naderi cuando salí de casa, pero John Perivolaris me lo mencionó tras ver un poema de él en el metro, parte de Poems on the Underground. Sí pensé más en Naderi al no encontrar su poesía, cosa que tampoco me sorprendió, pues a veces es un milagro encontrar la poesía en cualquier parte, en momentos en que el mercado parece convencido de que sólo la narrativa vende, pero ya sabemos que es imposible comprar lo que no se oferta y ahí reside la pescadilla que se muerde la cola. Y así, dos posibles compradores de poesía salían de la librería Foyles sin nada. De camino a casa recordé ese poema titulado `El espejo’, que escribiera Partaw Naderi en Kabul en 1989, que ya aparece en traducción al inglés en el centro de la School of Oriental and African Studies (SOAS) y que en español diría más o menos así:

He pasado una vida en los espejos del exilio
Ocupado absorbiendo mi reflejo
Escucha
Vengo de los interminables conflictos de la sabiduría
He captado el significado de la nada

Siempre hubiera querido hacer mías esas líneas, pues la mayor parte la he pasado en los espejos del exilio. Hasta ahora (un hasta ahora muy importante, pues siempre hay brechas que no sabemos adonde nos pueden llevar) he vivido más en Londres que en cualquier otro sitio. De hecho, Cuba, y Santa Clara en concreto, el lugar de mi infancia, ha pasado a ser el sitio donde menos he vivido y cuyo pasaporte nunca he tenido. Naderi me hace pensar en esa absorción de reflejos que nos ocupan en exilio, en un exilio que se define de mil formas, como una planaria mal cortada, ese gusano plano que se regenera según sus cortes y que tanto me gusta usar como metáfora de los cortes de salida de la nación que nos ve nacer después de haber adquirido un concepto de nación, de pueblo, que muchas veces, como en mi caso, viene inculcado por el sistema en que crecí. Para mí, la nada tampoco es el vacío, sino el todo, como lo fuera para uno de mis poetas favoritos, José Ángel Valente, a quien dediqué varios años de trabajo crítico, mientras preparaba mi primera tesis doctoral, que fue sobre su obra. Ese todo, en mi caso, puede captar los conflictos de tantas comunidades de exilio, diáspora, exilio de terciopelo, entre tantas otras definiciones que nos van definiendo por absorción de reflejos en los espejos de las naciones por las que pasamos, como ciudadanos o simples transeúntes.

De camino a casa con esta maleta que ya tiene tantos viajes internacionales, incluso por Cuba y Argentina, tanto en manos del abuelo de John, también J.D.P., como de su padre Dimitri, me siento en posesión de un objeto que se me ha confiado y que debo cuidar con precaución. En un día nublado y casi lluvioso de otoño londinense, mi mayor preocupación era que lloviera en el trayecto que me disponía a hacer de un par de kilómetros a pie hasta llegar a casa, mientras atravesaba el bosque que me rodea. Completamente ensimismado, la maleta se había convertido en una metáfora de otras cosas, de viajes logrados y no logrados, de lo que no tenía y de lo que tengo. Me explico: mi padre era un isleño (canario de La Palma) aplatanado, es decir, que se había quedado en Cuba, y había acogido a esa otra isla como su propio país en tiempos de Franco, y creo que si llegó con alguna maleta la debe de haber perdido para la época revolucionaria (término tan mal empleado) pues nada había en la época en que yo nací. Mi infancia transcurrió sin maletas ni viajes allende los contornos de la isla, que sí pude recorrer, pero sin maletas sino con bolsas, maletines y lo que se prestara para la ocasión, dentro de los límites de lo que había y de lo que faltaba. La primera maleta llegó gracias a Raúl Torre, un tabaquero que sabía de carpintería, que era amigo de mi padre. Raúl preparó una maleta de madera, con las puntillas necesarias para cerrar bien todo lo que en ella se iba a almacenar durante 45 días durante la primera escuela al campo a la que asistiría mi hermana cuando yo tenía 5 años. Luego yo heredaría esa maleta, para las dos escuelas al campo a las que fui, primero a trabajar en las vegas de tabaco del centro de la isla, cerca de Baez, y luego a sembrar caña, en Jutiero, pero mientras tanto mis padres me habían hecho otra maleta de madera para guardar mis libros con candado, pues siempre fui celoso con respecto a mis libros. Esa maleta pasó a guardar los tesoros de entonces: un libro grande con dibujos que llevaba coplas de Alfonso Sastre, a quien luego, ya como investigador de teatro y censura, estudiaría y descubriría en otro contexto; los folletos de héroes y mártires de la independencia del país, y el historial político que seguía, sobre todo tras un breve encuentro con la política a través del desconocimiento, pues para que no metiéramos la pata la política en casa se había convertido en tema tabú, lo cual tuvo también sus contratiempos cuando Belkis Caballero en la clase de Olga, mi maestra de segundo grado, se dio la vuelta en plena clase, al comienzo del curso, para preguntarme si era gusano o comunista. En voz baja mostré mi gran ignorancia al decir que no sabía qué animal era el comunista, y que entonces escogería al gusano, sólo por escoger algo. El estruendo fue tal que Belkis lo hizo público y toda la clase parecía saber, menos yo. La maestra me salvó del entuerto, cosa que hasta hoy le agradezco, y de inmediato pasé a abastecerme de textos políticos para informarme de lo que tenía que ser, de lo que estaba permitido. Así esa maleta pasó a convertirse en fuente política de información unívoca. En menor escala entraba lo del naturalista Carlos de la Torre, ya que mi padre era un naturalista aficionado. Y fuera de la maleta quedaban sus favoritos: Galdós, con sus Episodios nacionales, y Blasco Ibáñez, entre otros, al lado de los libros de ciencias y las fuentes gramaticales del saber. El momento en que Belkis me formuló la pregunta fue coyuntural, pues días más tarde, en 1973, se iniciaría el cambio político en Chile, que tanta repercusión tuvo en Cuba, y luego mi lema, al liberar los pájaros enjaulados en casa de mis primos (ya que no se me permitía tener ningún animal enjaulado, con la excusa de que tenía un primo que era preso político desde 1968), sería `Libertad para Luis Corvalán’, ya que la campaña soviética para su liberación se había puesto en marcha en Cuba hasta que en 1976 lo intercambiaran por el preso político soviético Vladimir Bukovsky. La maleta entonces se convirtió en fuente de recursos históricos de la política internacional de izquierdas (otra metáfora inservible, a menos que seamos capaces de definirla cada vez que la usemos, pero que en este caso creo que se entiende), que eran los únicos folletos y libros que podía conseguir entonces.

Esta maleta de J.D.P., que antes fuera de su padre y de su abuelo, marineros ambos, y que incluso pasó por mi país, me ha llevado a los viajes de la infancia, a la ausencia de maletas de viaje y a la maleta como lugar en que guardamos lo que más preciamos al emprender un viaje. Curiosamente, esta maleta también me lleva a lo que quedó atrás, pues en el momento en que me tocó salir, y lo hice por el puente marítimo Mariel-Cayo Hueso en 1980, no había maleta posible que pudiéramos sacar. Fue un momento en que la nación se dividió entre `ciudadanos’, los que nos íbamos, y `compañeros’, los que se quedaban, muchos de los cuales ahora han pasado a las filas de `ciudadanos’ de un sinfín de países, y por diversos motivos, pues el exilio no es homogéneo ni los cortes recibidos en los procesos transculturales de emigración son iguales para todos, incluso cuando compartimos momentos de salidas masivas, como fue en mi caso, cuando más de 125,000 personas salimos por la misma vía y de forma parecida, por vía marítima, y tras actos de repudio (en los que nos lanzaban huevos, que estaban a diez por un peso y por la libre, es decir, no entraban en la libreta de abastecimiento). Era la despedida que los que se quedaban nos ofrecían por el pecado de disensión o por la traición de irnos del país, aunque las historias individuales son las que llenan los intersticios de la historia. Yo y mi familia salimos de la isla solamente con la ropa que llevábamos puesta y ya incluso sin identificación, pues los carnés de identidad de los mayores ya habían sido confiscados y llegábamos a empezar de nuevo, y sin maleta, pero con un bagaje interno bastante grande.

Mi nuevo encuentro con una maleta fue con una compra a plazos de un juego de maletas en Miami para viajar al Medio Oriente, a través de un intercambio que había con Israel, pero la Primera Guerra del Líbano, en 1982, hizo que los planes no se llevaran a cabo, además de mi condición de refugiado en aquel entonces. Esas maletas tuvieron su primer uso en 1989 para un viaje a España, país al que mi padre volvía de visita por primera vez tras 36 largos años de ausencia. A éstas y otras imágenes me ha transportado mi primer encuentro con esta maleta de J.D.P.

Texto © Omar García-Obregón, 2008

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3 responses to “`“J.D.P.”: Rumbo a casa con la maleta’, Omar García-Obregón, 4 de octubre de 2008

  1. Many thanks for this great story!!!!

  2. Excelente artículo . Enhorabuena

  3. Me gustaría tener una maleta llena de pensamientos tan inteligentes como el tuyo

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